domingo, 9 de abril de 2017

El que toma corona, todo se le perdona

Antonio Guerrero Aguilar

Ya sea como estancia, hacienda, valle, villa o ciudad, como Santa Catalina o Santa Catarina, también nos han llamado en tono despectivo “Santa Cantina” o “Santa Catarrina”. A mediados del siglo XX, la cabecera municipal como La Fama se llenaron de cantinas, depósitos, casas de citas y hasta moteles de mala muerte. Muchos situados en los alrededores de las plazas de ambos pueblos. De tal forma que convivían por el mismo rumbo escuelas, casas y cantinas, depósitos disfrazados de loncherías con mesas de billar. Es cuando comienza la rivalidad de las dos marcas tradicionales de cerveza. Una de ellas pronto se hizo del gusto público a tal grado de que Santa Catarina era el mercado no controlado de la cervecería Cuauhtémoc. Era tanta la influencia y la demanda que comenzó a decirse en tono de burla: “En Santa Catarina el que toma corona, todo se le perdona”. Y en efecto, si alguien estaba tomando en su vehículo y al pasar por un retén de anti alcohólica; si los agentes de tránsito verificaban que ingerían la marca oficial no los molestaban. Pero si venían consumiendo la marca de la compañía cervecera establecida en Monterrey en 1890, inmediatamente eran detenidos para hacerles un diagnóstico médico y trasladaban sus autos hasta el corralón.


Desde hace muchos años,  en todo el cañón de Santa Catarina se toman bebidas como si fuera una gran cantina pero al aire libre, en donde todos los días acuden bebedores que ahogan sus penas y alegran sus vidas en los refrescos de cebada y lúpulo. Era común saber de noticias de asesinatos y riñas cantineras cada fin de semana. El pasar de una ambulancia cerca de la plaza, era señal de que en algún sitio había un herido o moribundo por líos de deudas, pendencias o amores prohibidos.  Al día siguiente, muchos de los borrachitos terminaban como barrenderos en la plaza para pagar la cruda realidad. Solo para darnos una idea, en 1982 había 20 cantinas alrededor de la parroquia, del palacio municipal y de la escuela Edelmiro Rangel de Santa Catarina. Incluso muchas campañas de asistencia social y de apoyo al municipio venían de parte de quienes expedían la cerveza oficial.

Entonces a los propietarios de los depósitos y cantinas, aferrados a la tradición cervecera regiomontana decidieron no vender la cerveza oficial. El gremio tenía fuerza y presencia, a tal grado de que un propietario llamado Mario Martínez Banda llegó a la alcaldía haciendo muy buena labor lo que sea de cada quien. Entonces Juan Francisco Caballero, el nuevo alcalde apoyado por su cabildo (1983-1985) y de su central obrera mandaron cerrar todas las cantinas y depósitos que no vendieran la “cheve” de la calidad que no tiene fronteras. En el verano de 1983 clausuraron todos los negocios o los hicieron cambiar de nombre y de giro. Como es de suponerse, la raza perteneciente al gremio de bebidas alcohólicas, adheridas a un sindicato de similares brincaron como gatos boca arriba con tal de defenderse de las medidas a las que fueron sometidas por el alcalde en turno, pues les cobraron altas contribuciones municipales y quienes no pudieron pagarlas, debieron cerrar sus negocios.


Con ello se fueron cantinas tan gloriosas e históricas como “El Parral” de Alejo Villanueva, el salón “Cuauhtémoc” de Vicente Martínez, el  “América” de Anselmo Rangel, “El Recreo” de Antonio Valerio, “El Especial” de Jesús Martínez, el “Caballo Blanco” de Mario Martínez Banda, el “Laredo” de Juan Rodríguez, la cantina del Chaparro situada en Manuel Ordóñez y Zaragoza, la cantina de Bernardo Martínez, “El Infierno” de Marcos Rangel, “la Gloria” de Guadalupe García (ambas situadas una enfrente de la otra), la “Culebra”, “El Palenque” de Pedro Ayala y el restaurante “Solís” entre otras más. El alcalde para asestar el golpe definitivo al gremio, quitó el motel “El Bosque” a sus regentes y en 1985 lo convirtió en las oficinas y sede del DIF municipal. Se salvaron “Los Laureles”, “El Especial”, “El Aguaje” y la “Covacha” que cambió su nombre por el famoso “Bar Don Pedro” en honor a un insigne personaje de la localidad. Las medidas de represión se hicieron evidentes en el siguiente trienio con Mario Alberto Salazar (1986-1988) y fue cuando se hizo famosa la frase que le atribuían al mismo alcalde: “Sobre el muerto, las coronas”. Así la fama de Santa Catarina de ser un municipio con potencial turístico e industrial, quedó como un lugar considerado como “un pueblo sin ley” en donde se podía vender, comprar y  consumir cerveza o bebidas alcohólicas sin tantos problemas y horarios especiales.

Quedaron en el olvido aquellas sentencias derivadas del Reglamento de Policía y Buen Gobierno de Santa Catarina, avalado por el alcalde y su cabildo de 1903, cuando nuestros funcionarios definían a una cantina como aquel establecimiento comercial donde se venden al menudeo bebidas embriagantes y vigilaban que las personas en estado de embriaguez no asistieran a los lugares públicos; que las cantinas y los bares cerraran a las diez de la noche y que no se les permitiera la entrada a los menores de 18 años.


Ciertamente aún quedan cantinas y bares, o lugares en donde se pueden echar unos tragos y pasar un rato agradable con los amigos. Pero abundan los depósitos y las tiendas de conveniencia que tienen autorización para vender cerveza. Simplemente habilitan un patio o una bodega y listo. Pero por más que prohiben el consumo de la cerveza de la calidad que no tiene fronteras, el gusto está muy arraigado y se pueden conseguir en los pocos expendios que sobrevivieron, para luego tomarlas en sus casas, en sus automóviles o en lugares donde no pueden ser molestados. Y ahora tenemos depósitos cuyos nombres nos remiten a la marca de cerveza. Las cantinas desparecieron y en ellas ahora hay otro tipo de negocios. Muchas casas están en ruinas recordando las asiduas visitas de los parroquianos.


Tenemos recuerdos que conviene rescatar de aquellas noches cuando se podían beber cervezas en cantinas y sentados en una barra, comían maguacatas, cacahuates y tacos como botanas. Pero lo peor del caso, todavía no podemos quitarnos esos motes que aún nos distinguen en la zona metropolitana de Nuevo León, que nos relacionan con estado inconveniente e impertinente.