miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los marranos

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural


Hace tiempo el activista Toño Hernández me hizo llegar ésta foto de un marrano partido en dos, listos para hacer carnitas y chicharrón, asado, morcilla y chorizo. La tomó allá por Canoas en Santa Catarina. Dicen que “cochino matado, invierno solucionado”. Y que “el destino de un cerdo es engordar para luego morir”. Los que saben agarran a un marrano y lo amarran a un poste. Luego llegan los borrachos y le leen el testamento, mientras los niños reunidos le dan palmaditas de cariño. Un verdugo se acerca y le da una cuchillada en el corazón y lo dejan desangrar. Ya sin vida lo separan en partes, porque todo sirve: la cabeza, la manteca, las patas y hasta la cola que se la dan a comer el güerco mejor portado. El día de la matanza es una fiesta familiar, porque “cuando matan marrano o muere la abuela no van a la escuela”. En el siglo XV, les decían marranos a los cristianos nuevos en España y Portugal, los judíos y moros convertidos. Los árabes se referían al marrano como “cosa prohibida”. Para otros la palabra tiene que ver con “Marana tha”, expresión hebrea para decir “Ven Señor”. Para nuestra gente del campo, el marrano es el cerdo que ya ha dejado de mamar. Hoy matan a los marranos de una manera cruel. Pero no quiero tratar eso. Pero los antiguos antes de sacrificarlo rezaban: “Por San Andrés, grande o chico haz de caer” y “Por Santa Catarina mata a tu cochina”

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