miércoles, 28 de septiembre de 2016

El pan nuestro de cada día...

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural


Ya es otoño. Tiempo para meditar, reflexionar, prepararse al fin de año que llega tan rápido. Para muchos el inicio de fiestas y reuniones. De tardes nostálgicas, frescas que invitar a “musguear”. Dicen que las penas con pan son buenas y seguramente tuvimos muy buenas panaderías que se perdieron porque sus artesanos se fueron o sus hijos no quisieron continuar con la tradición. Así como Bustamante, Villaldama, General Zuazua, Marín, Hualahuises o García, o el vecino municipio de Ramos Arizpe; en Santa Catarina también se hizo muy buen pan. En los censos del siglo XIX aparecen negocios con “panaderos”, capaces de surtir el pan nuestro de cada día. ¿Cómo sería?, ¿a qué sabían?, ¿Cuál era su forma?. Lo cierto es que alimentaban, gustaba y sabía a pan. Por ejemplo, la familia Macías Rodríguez tuvo una panadería por muchos años en la esquina de Manuel Ordóñez e Hidalgo, a un lado de la casa parroquial desde fines del siglo XIX y parte del siglo XX. Muchas casas tenían sus hornos para prepararlos Desde que tengo uso de razón, me fascinaba ver las canastas repletas con pan francés, volcanes, campechanas y marranitos y otras variedades. Cuando llegaban a repartirlo a las tiendas o nos lo daban generosamente en los desayunos escolares. Estaba tan duro y “corrioso” pero sabían a gloria. Esta foto me la mandó una lectora. Aparece su abuelo don Jerónimo Martínez Ayala, un prominente vecino dedicado a los negocios que vivió sobre la calle Zaragoza, entre Ocampo y Manuel Ordóñez. Es el séptimo de derecha a izquierda. Solo dice “panadería El Sol, enero de 1925”. Seguramente se trata de una reunión de "año nuevo". Recordé las famosas “hojarascas”, que representaban las hojas que caen en el otoño y dan origen a las meriendas para probarlas. “Los maderos de San Juan, piden pan y no les dan…” 

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