lunes, 1 de agosto de 2016

El Monterrey que vio John Reese en 1846

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina


John Reese llegó a Monterrey como parte del ejército ocupante de la ciudad en 1846. Sus memorias fueron publicadas en 1873 con el título de Memoirs of a Maryland volunteer. War with México, in the years 1846. “Estuve de visita en la ciudad. Como puede suponerse, mis primeros pasos los dirigí hacia la esquina en donde vi a algunos oficiales y hombres en el suelo. Parecía muy natural; las casas deshabitadas, las puertas abiertas, las paredes derrumbadas y destruidas; y todo, excepto los muertos y moribundos, el ruido ensordecedor y el tumulto de la batalla, eran tal como a mí me pareció la mañana del 21 (de septiembre de 1846)… De ahí me dirigí calle arriba, junto a la entrada del puente y examiné con cuidado la línea de defensa y sobre todo las barricadas. Aprendí una lección acerca de cómo se construyen éstas en las calles de Monterrey. No creo que se pudieran haber construido mejor o de manera más práctica. Me percaté que las calles estaban pavimentadas con rocas basálticas cuadradas, las banquetas eran largas y de losa nivelada. En muchas calles el pavimento había sido levantado por razones de defensa, en cada casa había parapetos de bolsas de arena, barricadas y baluartes en cada esquina… Visité la Catedral y me sorprendí al encontrar una iglesia grande e imponente. Su exterior e interior son dignos de una extensa visita… Trepé montaña arriba al oeste de la ciudad, hacia el edificio llamado “Obispado” o “Palacio del Obispo”. Me dirigí a la ventana desde donde había visto el primer enemigo saltar, cuando las tropas de Worth lo tomaron por asalto. La vista desde esta ventana era encantadora, la llanura y la ciudad anidada en su regazo se me venían a la cara; eran también visibles nuestro campamento y el camino por el cual entramos a la ciudad, y a mis pies podía ver el viejo fuerte grisáceo (la Ciudadela, en las actuales calles de Juárez y Tapia), del cual había sido retirado el armamento, pero guardaba la apariencia indudable de un veterano orgulloso de su proeza… Fue impresionante el número de hombres, no combatientes, que surgieron como arte de magia con el ejército de ocupación. De dónde salieron tan de repente después de la rendición, nadie podría decirlo, pero invadieron el lugar. Había tiendas americanas, alimentos americanos, bebidas americanas, tahúres americanos que desplazaron a los tenderos y gariteros mexicanos. Ellos siguen al ejército, nunca lo preceden. No pertenecen a ninguna parte.

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