lunes, 27 de junio de 2016

La arqueología industrial y el patrimonio cultural

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina


Durante la huelga, todo el equipo detuvo su función: el tren dejó de obstruir el paso por Díaz Ordaz, la maquinaria paró la producción, ya no hubo obreros que se dedicaran a su trabajo. Los edificios comenzaron a deteriorarse, como entes vivos dependen de la vida exterior para seguir altivos y útiles. Si no hay vida ni movimiento en su interior corren con el riesgo de desaparecer. Lo obscuro y polvoriento, guardado de los que miran y pasan, evoca el misterio de la civilización sepultada, una etapa triste y fatal. Gente que pierde su trabajo y el pesimismo se apodera de todos los involucrados, desde los dueños, directivos, sindicatos, obreros y sus familias que resienten el desempleo y la falta de un salario puntual. Los molinos como La Fama, La Leona y El Blanqueo no fueron capaces de renovarse y necesariamente ocurrió el declive de la ciudad como centro colectivo de producción. Ya no somos la capital industrial de México. Los empresarios ya no apuestan, invierten y el sentido social de la empresa pierde su significado. Pero lo que pasa con éstas industrias, más antiguas que la cervecería y la fundidora mantienen un componente de nostalgia, unida a cierta indignación moral, a la vez de beneficio para quienes se quedan con ellas y le dan otra vocación a los centros de trabajo. Aparece la arqueología industrial que nos lleva al patrimonio cultural. Al menos las autoridades y los urbanizadores decidieron conservar los cascarones. Lo interior que le dio vida se perdió en la vorágine del tiempo, en una ciudad del conocimiento que paradójicamente desconoce, reniega de sus orígenes y batallas, proclive a no sentirse orgullosa de sus raíces. 

1 comentario:

  1. tendon mas fotos de la remodelación de este lugar ? publicidad.gk@gmail.com

    ResponderEliminar