lunes, 17 de agosto de 2015

El río de los ancestros

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista Municipal de Santa Catarina


Había dos formas para llegar hasta el cañón de Santa Catarina. Una de ellas por el antiguo camino a La Huasteca que iniciaba en donde actualmente está una calle que divide a Gonher con De Acero en la zona industrial de El Lechugal. Este sendero entroncaba con la calle Juárez y de acuerdo a la tradición oral había muchas labores por los alrededores.  El otro seguía por toda la calle Hidalgo hacia el Sur. Al cruzar por la Culebra el camino polvoso de la terracería continuaba a la par que la acequia repleta de agua y de plantas y árboles que crecían en los alrededores. Conforme uno se acercaba a las montañas azules y grises, de pronto aparecía un caserío bordeado por palmas. El río de los ancestros se anunciaba con olor, ruidos y movimientos. La sensación del viento fresco y la humedad impregnaba inmediatamente al peregrino. El camino seguía hasta tener a la vista las dos cuevas: la de la Virgen y la del Guano. La acequia que venía de El Palmar bajaba pegada al borde de la montaña. Los primeros charcos y pequeñas lagunas que se hacían como una continuación del río. Mientras uno seguía la marcha un conjunto de árboles cerraba el acceso, como si se atravesara un túnel por el que apenas se asomaba el Sol. Lo mismo eran álamos, anacuas, mezquites, pirules y ébanos. Quién diría que por este lugar tan especial de pronto ocurrían venidas de agua, paradójicamente tan destructivas  como repletas de vida. Ahora ya ni sabemos por dónde va el río, pues con tantos trabajos de desazolve,  tuberías, caminos improvisados y pavimento cambian el cauce al antojo de los diseñadores de planos y constructores. La primera gran inundación que sufrió la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey ocurrió el 14 de agosto de 1636. 

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