viernes, 24 de julio de 2015

La vida azarosa de Agapito Treviño (2)

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista Municipal de Santa Catarina

A los 20 años comenzó sus correrías en contra del orden establecido. Es cuando comienza la leyenda a imponerse sobre la historia al no contar con suficiente información documental. Para algunos la existencia de Agapito es un mito, para otros una leyenda. Si Agapito es un mito, entonces su vida pertenece a un personaje obscuro que la tradición popular magnificó, necesitada por referencias de identidad relacionadas con un bandolero de corte social que se levantó en contra de la injusticia y de la pobreza provocada por quienes ostentaban el control político nacional. Si Agapito es un personaje de leyenda, seguramente la más famosa de todas, tiene que ver con un tesoro oculto en alguna cueva del cerro de la Silla; como fruto de sus robos y asaltos. Que robaba a los ricos para repartir el botín entre los más pobres y necesitados. Lo apodaban Caballo Blanco porque tenía un caballo de tal color, aunque no existe la certeza de que montara un equino albo. Pero solo una vez le hizo al Robín Hood, cuando robó un marrano y lo repartió entre los menesterosos del lugar. Cuentan que unas viejitas de alcurnia del Reparo, (actual Allende, Nuevo León) contrataban a Caballo Blanco para asaltar a los comerciantes que regresaban de la zona citrícola, después de comprar sus productos. Con ello aseguraban su retorno para adquirir de nueva cuenta lo robado. Israel Cavazos lo hace familiar suyo y hasta muestra un pocillo y unos utensilios de cocina que presumen pertenecieron al Caballo Blanco. Vecinos de Agua Fría en Apodaca, señalan su apellido Treviño como una continuación genealógica derivada del héroe pues tenía a su novia o amante en ese lugar. Por trasgredir la ley y el orden la justicia lo persiguió. Gustaba de caer sobre los viajeros que iban con rumbo a Parras, Saltillo, Monclova y el sur de Texas. Conocía perfectamente las montañas de la Sierra Madre y cabalgaba ocultándose por entre los cañones del Huajuco, Santa Catarina y Rinconada. A quienes asaltaba, los bajaba de la diligencia o del caballo y los ponía a bailar al son de la música salida de una armónica tocada por alguno de sus compañeros, quienes se divertían a costa de la humillación de sus víctimas. Mientras Agapito cantaba una tonadita: “Yo soy el ingrato hermanos, que a débiles y forzudos los hice bailar desnudos, la polca, chotis y enanos”. 

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