miércoles, 29 de julio de 2015

Cuando lloran los valientes y Caballo Blanco de hizo actor (3)


Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista Municipal de Santa Catarina


La vida de Agapito Treviño termina mal tanto en la película como en la vida real. La primera inventa un mito y la otra la leyenda. Agapito tiene rivalidad con su medio hermano quien quiere a Blanca Esthela Pavón y busca quedarse con la gubernatura de Nuevo León. Agapito y Manue Arteche se odian y al fin de cuentas comparten el pelotón de fusilamiento. Ahí Manuel Arteche mató a su propio hijo por traidor (Víctor Manuel Mendoza). Agapito reivindica el llamado de la sangre, por lo que enfadado y lleno de ira lo intenta matar, pero Blanca Esthela Pavón se atraviesa y accidentalmente muere a manos de su novio Agapito. Es cuando se cierra el ciclo: así como Agapito recogió a Pinolillo cuando perdió a su mamá, le dice que no llore porque ella lo está mirando desde el cielo. Ahora Pinolillo se le acerca y le dice que no llore, porque Cristina lo está viendo desde el cielo. La película concluye: “Y esta es la historia de Agapito Treviño, Caballo Blanco, una historia cruel, amarga, injusta. Pero precisamente por eso, el pueblo la recogió en su corazón, dándole a su héroe a cambio de su dicha la inmortalidad”. El Agapito Treviño de carne y hueso fue ejecutado en la actual plaza Hidalgo un 24 de julio de 1854, llamada en su tiempo como la plaza del Mercado. Cuando lo ejecutaron distribuyeron unos versos que alguien escribió en su honor: “En la plaza del Mercado, donde fue su despedida, perdóname Padre Eterno, los males que hice en mi vida”. Regularmente en los momentos decisivos de la vida, se recurren a los aspectos religiosos, con la intención de asegurar algo de gloria y vida eterna. Por eso se ofrecen disculpas a quienes se ofendió para poner en paz al alma que sale en busca de la eternidad. El corrido concluye: “En fin yo ya me despido, dispensen los mal servido, terminó aquí la tragedia, la de Agapito Treviño”. Poco antes de la ejecución se despidió de su padre que vivía en Agua Nueva en Saltillo y su madre en Santa Rosa de Apodaca. Lo cierto es que al morir Agapito, su vida se convirtió en leyenda, misma que da sentido y señal de referencia simbólicas a los regiomontanos, tan necesitados de elementos y rasgos históricos que promuevan y justifiquen la identidad regional. 

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