miércoles, 6 de mayo de 2015

La Cuesta de la Manteca, allá por El Pajonal

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina


De Santa Cruz al Sahumado. La sierra se abre formando un valle angosto y pero alargado. El torrente que se forma más arriba por aquí pasa. El valle se cierra por un barranco en la parte baja; ahí donde se forma el Jagüey de Dios que dio vida a El Pajonal por muchos años. El barranco parte la sierra en dos: en un extremo la labor de los Saldívar y por el otro la Cuesta de la Manteca, seguramente llamada así por resbaladiza y peligrosa para quien accede por estos rumbos. Más abajo los “bancos” en donde el camino se cierra y uno debe de sortear los abismos en donde ya se han caído algunos muebles y carretas. Al fondo la Muela y el Colmillo dan forma a la montaña por la cual se asoma el astro rey cada mañana. El monte predomina y desde ahí se pueden apreciar las casas todas desperdigadas. La Cuesta de la Manteca bien puede rivalizar con la Cuesta de las Comadres en donde habitaban los Torricos, en aquel relato del “Llano en llamas” de Juan Rulfo: “Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo. Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie”. “El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro. El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Por otro rumbo, por donde llega a cada rato ese viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado”. 

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