sábado, 1 de noviembre de 2014

El panteón de La Fama

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina 

Para Voltaire, el respeto y el cuidado de un pueblo se refleja en la atención y conservación de nuestros archivos y de nuestros panteones. Le concedo la razón definitivamente. En ellos descansan y están depositadas nuestra memoria e identidad que tenemos como seres humanos y como pueblo. Somos hijos de la memoria y nosotros somos de la Tierra en la cual nacimos y en la cual morimos. Realidad inevitable y paradójica, pues los panteones alaban la vida y recuerdan a quienes ahí están. Dicen que las personas realmente mueren cuando ya nadie la recuerda. Pero también se corre el riesgo de no dejarlas ir: aunque nuestros seres queridos ya estén en mejor vida, los lloramos, los retenemos, escribimos peticiones para las misas en descanso eterno de quienes nos antecedieron y nos dieron la vida. Hacemos rosarios, colocamos veladoras y hasta hablamos con ellos. Hay que dejar que "los muertos entierren a sus muertos" (Lc 9,60). Mantener su memoria y ser testigo de ellos para agradecer por el don de la vida y la salud. Para eso tenemos un día para nuestros fieles difuntos, para acudir al panteón a ver a nuestros seres queridos. En la congregación de La Fama, precisamente en la colonia Trabajadores; teniendo como guardián al majestuoso cerro de las Mitras, en donde hay un paraje al que llaman "Las Calaveras" (vaya coincidencia), tenemos un panteón que comenzó a edificarse a partir del 22 de enero de 1926, en un terreno donado por el señor José García. Siendo gobernador del Estado don Jerónimo Siller, se autorizó dar sepultura a los vecinos de las congregaciones de Los Treviño y de La Fama. Fue inaugurado el 14 de julio de 1927. Y ahí descansan todos los vecinos ilustres de los alrededores. 

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