miércoles, 29 de octubre de 2014

La Muerte Niña

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina


Con la invención y uso extenso de la fotografía en el siglo XIX, se pusieron de moda los retratos de rostros, figuras humanas, personas, mascotas y hasta de paisajes en donde se ven casas, edificios o campos y montañas aún sin poblar o destruir. Pero también tenían la costumbre de tomar fotos de los niños muertos. La Muerte Niña, así se le conoce al ritual y culto que rodea a la muerte de los niños, dejados a la posteridad en un retrato. A veces solos y las más acompañado. Sentado o acostado. En medio el niño ataviado con vestido de santo o de angelito, la niña vestida de blanco y hasta con velo para hacer la primera comunión o de novia. Rodeados de hermanos, padres, abuelos incluso padrinos. No sabemos por qué lo hacían. Puede parecer macabro para nosotros. En cambio para su familia era un ritual ineludible y debido. Aquí vemos a una niña con un vestidito blanco, con su traje de Mayo para ofrendarle flores a la virgen. Alrededor de ella un muro de sillar, humilde pero ordenado y limpio. Una canasta alacena a la derecha, botes y tinas como masetas en donde hay flores. Tenemos hasta arreglos florales tal vez usados para el cortejo fúnebre. Una madre a punto de romper en llanto, un niño que no entiende la escena pero que ahí está, el padre con ojos tristes y una abuelita resignada. Seguramente ésta foto se tomó a fines del siglo XIX en Monterrey y pertenece a la colección Sandoval-LaGrange del ITESM. Lo cierto es que después de la muerte de un niño, pensamos que la casa y la familia ganaron un angelito guardián que nos cuidará. 

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