martes, 30 de septiembre de 2014

El ánima de la Anacahuita

 Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

Entre Mina y Villa de García y Ramos Arizpe, Coahuila hay lugares mágicos y místicos. Los tres municipios poseen el mayor número de petrograbados y pinturas rupestres en el norte de México. Con parajes históricos por excelencia. Estas tierras literalmente han visto y han sido escenario de muchas cosas. Con sitios de culto como el Anima de la Anacahuita, la niña Adrianita, conocida como la “Cajita feliz” en Paredón y el Niño Fidencio en el Espinazo. A dos kilómetros de Icamole, se le rinde culto a un combatiente llamado Roberto Cisneros como si fuera un santo. Según la tradición fidencista cada 20 de noviembre, el espíritu de los revolucionarios entra en los cuerpos de los “cajitas” o “materias” para esperar las órdenes del general Francisco Villa, pues la revolución aun no ha terminado. Otros acuden con la esperanza de acceder al fabuloso y mítico tesoro que los villistas ocultaron en algún sitio de la región. Y algunos todavía esperan la resurrección de Villa para salvar nuestros males. Villa, el Niño Fidencio, Roberto Cisneros y la Anacahuita son objetos de culto y devoción. Ahí rezan, bailan, ofrecen comida y bebida para los villistas. Adentro de la capilla hay una pintura de Villa y una tumba en donde colocan velas, monedas, cartas, frutas, cerveza o tequila. Hace casi cien años, un soldado agonizante buscó la sombra de una anacahuita y ahí murió. Lo demás es historia convertida en leyenda y mito.

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