martes, 15 de julio de 2014

A 30 años del derrumbe del templo parroquial 1984-2014

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

Y antes del pueblo, el templo estaba ahí. Testigo silente y altivo de un regio pasado. Bien se le puede considerar reliquia colonial pues fue construido cuando aun pertenecíamos al virreinato de la Nueva España. Un sitio para la unión y la reunión, que ve al norte dando la bienvenida a los viajeros que venían del antiguo y original camino real de los Saltilleros. Perfectamente alineado a la estrella polar señalándonos simbólicamente que Jesús nos guía para no perdernos. Dicen los que saben que era de usanza franciscana, con muros de adobe y con techo de vigas. Menos elevado a lo que ahora está. Si acaso con unos tres metros de altura. Como obra sagrada lo comenzaban pero no lo terminaban, pues el templo representaba el fin de los tiempos, signo escatológico de la segunda venida de Cristo. A partir de 1810 los ancestros lo levantaron con penurias y esfuerzos, unos aportando los frutos de su trabajo y de la tierra, otros donando horas de agua para el riego y lo menos algún objeto valioso de su patrimonio familiar. Curiosamente no fue dedicado originalmente a la virgen y mártir de Alejandría sino a la güerita de los Altos, nuestra señora de San Juan de los Lagos. Aquí se buscaron refugio aquellos que necesitaban aliviar alguna pena del alma, del espíritu; como también para protegerse de los albazos e incursiones de los llamados indios bárbaros y bandoleros rebeldes. Las campanas de antiguas, se partieron la boca a fuerza de llamar a misa a los montes vecinos y en cada casa del pueblo se hizo una cuenta de rosario para la conversión. Aquí se bautizaba, se lloraba, se cantaba, se regocijaban, se casaban, enterraban y pedían por los difuntos, pero sobre todo, aun se dan las gracias a Dios. 

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